COMO UN MARINERO COREANO

Los cabarets de mar del Plata tienen un no sé que, pero sobre todo guardan una política muy clara: no se permiten mujeres a menos que éstas estén allí para trabajar, “no vaya a ser que sean esposas celosas buscando pruebas fehacientes”. Pero, escapando a las generalidades, y a las chicas que cada media hora bailan en los palos recogiendo billetes de dos pesos, hay un cabaret en especial que se toma las cosas aún más en serio. Un punto geográfico que como un faro atrae al marinero a casa sano y salvo, famoso por ocuparse de “nutrir y entretener” a un target bien específico: los marineros coreanos. Una fría noche de invierno, en medio de una sudestada digna de barco naufragando en película estadounidense, logré infiltrar a un espía. El siguiente, es sólo un fragmento de este mundo que existe fuera de la ficción...

El lugar es un espacio amplio iluminado por bombitas azules y rojas, con barra tradicional, mesas y sillas altas, señoritas que también bailan cada media hora en el palo por billetes de dos pesos, y mozos que se ocupan de que a nadie le falte un trago, mientras promocionan los atractivos de las jovencitas con frases del estilo de “es la piba más disciplinada que vas a conocer en tu vida”. Pero, yendo para el fondo, la cosa cambia...

Alineados unos al lado de los otros descansan cuartos secretos en donde acontece la verdadera acción. Al espía se le ocurren miles de ideas: ¿serán calabozos en donde hombres vestidos en látex lamen las botas negras de rubias voluptuosas? ¿Habrá cruces de madera en donde indefensos serán crucificados por placer SM? ¿Descansarán en fila decenas de cuarentones disfrazados de bebés con mujeres que juegan a ser sus niñeras, cambiando pañales una y otra vez y aplicando talco en las zonas sensibles? Sin embargo, las sospechas del infiltrado están lejos de coincidir con la cruda realidad. Atrás de las puertas, cobijado del ruido exterior, existe un universo paralelo en donde los cansados marineros pueden exorcizar sus demonios de altamar, entregándose noche tras noche al más moderno de los pecados: el karaoke.

Nunca nos hubiéramos imaginado, cuando surcábamos la noche marplatense en busca de primicias, que íbamos a dar con la famosa leyenda urbana del kabareoke. Lugar a donde los navegantes coreanos realizan sus salidas higiénicas cantando en pequeños cuartos mientras compañeras profesionales halagan sus tonadas una y otra vez. “A los orientales les va más que nada una mujer que los respete y que los haga sentir que cantan mejor que nadie, eso y que no sean demasiado voluptuosas...” repite el dueño con un trago de cortesía en la mano. Los cuartos están llenos de marineros ávidos, que bajo los efectos hipnóticos del alcohol, cantan temas que recorren la discografía de los ochenta: “The Power of Love” (“la de Volver al Futuro”, como decía a gritos un marinero con remera de la selección Argentina), Take my breath away (“la de Top Gun”, gritaba el mismo fanático desde una silla reclinable con una chica arrodillada a su pies adulando su buen gusto). Y después, una lluvia de clásicos intepretados con entusiasmo adolescente: Smooth operator, Wake me up before you Go Go, I Feel The Earth Move, Never Gonna Give You Up, Girls Just Want To Have Fun, I Wanna Dance With Somebody (Who Loves Me), Voyage voyage, Everybody Wants to rules the world, Do You Really want To hurt Me, Oh L'Amour y un final a todo trapo con un viejo lobo de mar, de pelo anaranjado y sin camisa, cantando en falsete Eternal Flame.

El espía sigue atento aunque en las últimas dos horas ha tenido que cantar con el grupo para no levantar aún más sospechas. ¿En qué barco trabajaba? ¿Por qué no era coreano? ¿Era la primera vez que venía? ¿Por que el organizador, que nunca introducía extraños en los cuartos, lo había designado a esa “cuevita”?, ¿Qué ruta marítima estaba siguiendo?, ¿Era casado o soltero? Al parecer, los habitués no eran tan callados como le había dejado entrever el dueño del lugar.

Tres horas y media más tarde, ronco por gritar estribillos en fonética, angustiado por presenciar todo tipo de aberraciones musicales, transpirado por copiar coreografías asiáticas, y deserotizado por observar como las muchachas se iban apagando bajo el resplandor de la verdadera luz del sol, el espía sale y confirma mis sospechas: de los siete marineros que había en el cuarto, sólo uno disfrutó de verdadera relación sexual, el resto, tal y cómo lo había adelantado el anfitrión, se conformó con recibir cumplidos musicales. ¿El más usado?, “¡Sos el dios del rock and roll!”...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Que historia tan interesante!! De alguna manera me hace acordar a mis epocas de musico en los piringundines
(bares) de la calle 25 de Mayo en los an~os 50. A esos bares iban marineros (de todas las nacionalidades) a emborracharse y compartir momentos con las coperas (damas regordetas que tomaban tragos a comision, usualmente te como si fuera whisky). En ese caso, los marineros no cantaban y me parece que debido a las borracheras ni se acordaban de su ego..--Fernando Gelbard