DIVINO TESORO

Pescar salmones con las manos, sujetar la cola engrasada de un toro, no ser molestada por las abejas, agarrar a una serpiente y no sufrir sus picaduras, atravesar el fuego sin quemarse y cargar un colador lleno de agua sin derramar ni una gota, éstas son sólo algunas de las cosas que podían hacer las vírgenes de antes. Hoy, las vírgenes no tienen superpoderes. Si las tirás de un décimo piso no vuelan, si les das de comer muchos dulces engordan y si las hacés cargar un colador lleno de agua lo más probable es que tengas que ir secando el piso detrás de ellas. El único superpoder de una virgen contemporánea es mantenerse virgen.

De chicos devorábamos los cuentos de los hermanos Grimm, y otros autores por el estilo, y nos pasábamos horas recostados en sabanas de autitos o colores de princesa, mimando las palabras leídas por nuestros padres, reviviendo una y otra vez el momento en el que el caballero rompía las puertas del tenebroso castillo, y besaba a la joven recostada sobre la cama. Siempre recubierta por telas transparentes, siempre perfectamente vestida y pintada. Hoy, esa escena se reconstruye en nuestra cabeza cobrando nuevo sentido: la cama de una plaza es un diván, la chica sumida en un sueño profundo es una neurótica, y el hombre derribando la puerta de hierro para estamparle un beso seco es ni más ni menos que su psicoanalista. Pero eso sí, si nos atrevemos a levantar su hermoso vestido, al menos imaginariamente, no podremos encontrar ni una gota de sangre...

En tiempos cercanos, las tácticas para decretar la virginidad incluían toda clase de métodos poco científicos. Según el Talmud, por ejemplo, para comprobar la virtud de una mujer se la debía colocar cerca de una botella de vino abierta. Si el aroma del vino contagiaba el aliento de la muchacha, ésta ya no era virgen. En la antigua China en cambio, las jóvenes debían someterse a la prueba del “huevo de paloma”. Si éste, empujado hacia adentro por el orificio vaginal, se resistía a entrar, la susodicha era “virtuosa”, si en cambio entraba, era indudable que ya había sido estropeada.

En la cultura actual existen dos definiciones de mujer pura: “aquella que no tuvo relaciones sexuales” y “la que tiene el himen intacto”. Usualmente, la definición popular de relación sexual se limita al coito vaginal y según este parámetro, no importa cuanta experiencia tenga una mujer (cuanto sexo oral, anal o de otro tipo haya tenido), hasta que no sea visitada por un pene, que a fuerza de dedicación y destreza logre romperle el himen, seguirá siendo tan nívea como el día en que nació. De allí que tantas lesbianas sean consideradas “vírgenes”, y que tantas chicas que se rompieron el himen “montando a caballo”, “andando en bicicleta” o “saltando una cerca” no. Pero cómo si esto fuera poco, y para agregar a la confusión, hay mujeres que nacen sin himen, y otras que lo tienen tan elástico que puede estirarse durante la penetración sin romperse nunca. Por tanto la que nació sin himen jamás será considerada doncella, y la feliz poseedora de la membrana elástica será ni más ni menos que la mítica virgen eterna, el santo grial del sexo.
Pero no siempre la virginidad fue un atributo apreciado. En algunas culturas incluso, el desfloramiento se consideraba un tema bastante penoso, ya que la sangre de las vírgenes era vista como cosa peligrosa que traía impotencia y conllevaba los mismos tabúes que la sangre menstrual. Para prevenir que el pene del prometido entrara en contacto con la sangre dudosa, se tomaban medidas drásticas que incluían que el sirviente desflorara a la novia antes de la boda, que los sacerdotes le introdujeran un miembro artificial hecho de marfil, que ellas mismas se sentaran sobre el sexo de una portentosa estatua, que los futuros maridos les introdujeran dos dedos en la vagina en una ceremonia publica, que se rompiera la telilla con un diente de tiburón y hasta incluso que se dejara el desvirgamiento en manos de la madre de la novia, de otra parienta cercana o del mismísimo padre.

Hoy en día millones de jovencitas se inician a una edad en la que antes se jugaba al Lego, a las Barbies o al mismísimo Twister. Películas cómo “Kids” de Larry Clark y “Thirteen” de Catherine Hardwicke, iluminaron un poco la actualidad del tema, preparándonos para llenar las piñatas con preservativos de colores en lugar de chupetines. Es por esto que en el siglo veintiuno ver una virgen puede dejarte ciego. Se sabe de algunos que no pudieron caminar nunca más y de otros que perdieron las facultades del habla. Se conocen casos de hombres forzudos que se largaron a llorar como bebés y de grandes comerciantes que reglaron sus fortunas. No hay nadie que no se conmueva ante tan sublime espectáculo.

La doncella moderna vive entonces en un castillo hecho de piedra y se peina el cabello con un cepillo de cerdas suaves. La doncella moderna usa ropa interior de encaje, huele a rosas y se pasea distraída por jardines geométricos, la doncella moderna es cómo un personaje de un cuento de hadas, no existe fuera de tu imaginación.

1 comentario:

rosa skific dijo...

Celebro el blog!!!! - Leo "Divino tesoro", y como siempre, cada relato aumenta el interés de la lectura.
Desenfado, refinamiento,información de la creíble y de la fantástica , orden inteligente en la narración que hace de la lectura una complicidad y un deleite.
Espero pronto tener el libro en mis manos !!!! ! y más Séxodo.Rosa