EL ESTIGMA DE NOÉ



De a dos. Frase que circula por todos los medios, pareciera que en el universo casi todo viene de a dos. La manifestación de las parejas, de los contrarios: blanco y negro, fuego y agua, Frío y calor, hombre y mujer... de aquí a la eternidad. Pero, así como todo esto parece arbitrario, obra de nadie, resultado de lo inexistente, déjenme que les aclare lo siguiente: la culpa de todo la tiene Noé. Sí, el maldito Noé, que no tuvo mejor idea que legalizar los binomios.
Si no hubiese sido por el políticamente correcto de Noé, la famosa leyenda que cuenta Aristófanes (sobre los seres redondos hechos de dos hombres, o dos mujeres o un hombre y una mujer que fueron separados por los dioses, y que desde entonces se buscarán por siempre), hubiese quedado obsoleta a la luz de la historia. Porque, seamos realistas, las orgías fueron instituidas en el principio de los tiempos por gente que comprendió lo más sencillo de todo: Lo más importante es el placer. El fin que justifica los medios, la cereza del helado, el verdadero conocimiento de uno mismo, la sabiduría absoluta (si la hay).
Entonces, después de Noé, vino el verdadero diluvio. El diluvio de lo acotado, de lo prohibido, el diluvio de lo moral, de lo realmente invertido, el diluvio del mal. Producto polutivo, indecoroso y por qué no vergonzoso del gran libro de los libros... Amén.
Mis próximos pasos deben ser tomados como un acto de subversión contra Noé, ese maldito hombre que sólo supo mantenerse a flote aboliendo nuestro regalo más preciado: el derecho a la multiplicidad.

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