PORN WEEK

Aburridos de los safaris por el África, las vacaciones en islas paradisíacas, los viajes-aventura escalando montañas y las escapadas de ski, ejecutivos, profesionales, parejas, fantasiosos, fans, solteros y solteras de alrededor del globo soñaron el sueño imposible: gozar de los privilegios de pertenecer a la elite más políticamente incorrecta del mundo. Y así, justo cuando todos pensábamos que la industria del cine para adultos ya no podía darnos mayores sorpresas, aparecieron los paquetes llamados Porn week, destino preferido de cientos de excursionista devenidos espectadores de una función continuada de triple X. Desde el 2002, y por un mínimo de dos mil seiscientos cincuenta dólares, una persona común puede convertirse, por el lapso de una semana, en un miembro de la Familia Real del porno.

Majestuosas locaciones, decenas de estrellas y la filmación de una verdadera película Hard Core, son sólo algunos de los highlights del folleto de viaje. Folleto que también incluye “todo el voyeurismo que uno pueda realizar” y la actuación, en calidad de extra, en alguna de las escenas grupales de la película en cuestión. Allí, protegidos por toda la parafernalia “oculta identidad”, únicamente nuestros viajeros sabrán que fueron “el enmascarado número dos que sostuvo la nalga izquierda de la actriz rubia que se subió encima de aquél monstruo dotado”, “el campeón que vestido en túnica larga y capucha del mismo color grito cien veces cuando el protagonista decidió girar a la actriz para aprovecharla por detrás”, “el suertudo al que le tocó vestirse de sacerdote para la escena del confesionario en dónde todas las mujeres de un pueblo ruso deciden confesarse cómo dios las trajo al mundo”...

Lo que sí puede resultar desalentador, para algunos fans del gendre, es la excesiva transparencia de los procedimientos. Ya que todos, absolutamente todos, pueden ver exactamente cómo se hace para filmar una verdadera escena sexual de veinte minutos. Y vaya sorpresa que algunos se llevan, al darse cuenta de que para ello hicieron falta: cuatro horas de película, cientos de tomas, numerosos descansos, mediciones de luz en inoportunos momentos en dónde uno preferiría cortarse un dedo de la mano, revulsivos enemas, mujeres especialmente contratadas para ayudar a los protagonistas masculinos con sus erecciones (que los persiguen por todo el plató tocando una flauta de madera y esperando que los miembros se yergan cómo culebras obedientes para luego ser desterradas por siempre jamás), vestuaristas y maquilladoras vestidas en joggin que se acercan a retocar a los actores y actrices en el medio de la mejor parte, miles de gritos del director en un “idioma porno” incomprensible para el oído humano, hombres que no logran ponerse duros y hacen que se posponga la escena por tiempo indefinido (hasta que finalmente la talentosa estrella femenina decide dejar de esperarlo en cuatro, se pone los pantalones babucha y la remera de bambula y se va a su cuarto a leer Proust), barberos de “interiores”, barberos de “exteriores”, manicuras, peinadoras, iluminadores, eléctricos y decenas de empleados de otros rubros que dificultan la limpia visual del devoto mirón. En resumen: una catarata de impedimentos que no son suficiente razón para dejar de pagar el porn ticket y subirse a esta experiencia sumamente enriquecedora que una vez finalizada dejará al turista satisfecho, colorado y flaco por el deporte... casi como unas buenas vacaciones en el Club Med de Itaparíca.

Se rumorea por estos pagos que una de las semanas del porno más exitosas del mundo se llevó a cabo en un castillo de Inglaterra de características similares al de la famosa novela erótica “Historia de O”. Dentro de la fortaleza un grupo de vacacionistas se deleitaron con la cercanía que había entre ellos y las bellas intérpretes, que hora tras hora no mezquinaban garganta entonando fielmente su canción: “dámela de nuevo”, “dámela ahí”, “dámela ahora” (pero en inglés). Se sabe también que aunque la ambientación era digna de la última película de Stanley Kubrick, “Eyes Wide Shut”, no se tejían intrigas ni se temía a la muerte sino que en cada cuarto se reproducían las orgías más elegantes e indisciplinadas que la campiña inglesa pudo conseguir. Al mismo tiempo, y siguiendo el rito del viajero Japonés, los visitantes se plantaron en el set de filmación para sacar una torrencial lluvia de fotografías, tratando de disimular el irrebatible color rojo que asomaba en sus mejillas cada vez que el director gritaba “acción”.

Nunca está demás comentar que, aunque está prohibida la interacción en cámara entre pasajeros y staff, no hay letra chiquita en los contratos que restrinja lo que se puede hacer cuando la jornada de rodaje llega a su fin...

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