SER HÉTERO ESTÁ DE MODA


Durante años una tribu de heterosexuales iracundos miraron con envidia los mingitorios del baño para hombres del McDonald´s, mientras pensaban con rencor en la reserva ecológica, el túnel de América, los cines porno de Lavalle, los saunas, la estación de trenes de Retiro, los bosques de Palermo y la plaza San Martín. Preguntándose una y otra vez lo mismo: ¿cuándo será nuestro turno? ¿Cuándo tendremos derecho a practicar sexo grupal en otro lugar que no sea nuestra casa, nuestra cama, el telo o el auto?
Pancartas invisibles inundaban las calles con lemas parecidos a este: el sexo gay está en la calle, ¿el sexo hétero estará siempre detrás de la puerta? Mientras cientos de marchas mudas recorrían las calles del microcentro pidiendo a viva voz por los derechos no-gay, y flameando la bandera del orgullo paqui: gris y blanca con un pantalón pinzado color beige en el centro y una tortilla tachada en el vértice derecho.
Cientos de remeras se vendían en Florida con inscripciones del estilo de: “no me discriminen, yo también quiero que me la chupen en el subte”, “Soy hombre, amo a las mujeres, ¿y qué?” o la muy poética “la estación de retiro es de todos: déjenme ponerla tranquilo”.
Sin embargo, y para alegría de estos grupos tan políticos, los curtideros hétero no son una utopía. Y tal vez, su mayor exponente actual sea el reducto “mil cien” (altura de una calle céntrica que permanecerá anónima para no arruinar la fiesta de los habitués). En pleno corazón porteño, al lado de un cabaret, en frente de un hotel alojamiento y bajo la mirada distraída de cientos de transeúntes, está este “megatlón” porno de tres pisos. La regla es ir en pareja. El precio es elevado. El cover-up: swingers bar. Pero, aunque no escasean los verdaderos swingers, es más común encontrarse con grupos de amigos que van emparejados sólo hasta cruzar el umbral.
En el primer piso hay dos transexuales con show de calidad estilo café concert. En el segundo, cuartos para entrar solamente en pareja y habitaciones de solos y solas. En el tercero pileta, terraza y colchones gigantes. Y en los tres siempre la misma explicación del host: “Acá podes tomar tragos (dice señalando la barra del cuarto en cuestión) y acá… podes tener sexo” (dice apuntando con el dedo el resto del cuarto).
A la una de la mañana empieza a entrar la gente. Los nuevos deambulan buscando explicación en las actitudes de los eternos concurrentes pero éstos se muestran todavía tímidos y observadores.
A las dos ya hay gente en todos los cuartos, y los principiantes se sorprenden por lo fácil que es hacer nuevos amigos.
A las tres ya queda poca gente vestida, con excepción de algunas damas que prefieren conservar las polleras sin nada abajo para evitar riesgos de higiene. Decenas de cuerpos sin identidad se aglutinan desnudos en todos los cuartos, reconstruyendo una fantasía griega que hasta ahora parecía sólo privilegio de la comunidad gay.
En todos los cuartos tretas, trucos, tetas y trotes, y más envoltorios de preservativos vacíos. Y para los que no se cansan de mirar la última película de Don Stanley Kubrick existen también las noches de disfraces.
¿El público del lugar? Imposible de nomenclar… O tal vez sean los heterosexuales que ya no miran con envidia los mingitorios de hombres del baño del McDonald´s.

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