SEXATHLÓN

Son las dos de la mañana. La pista está llena de personas bailando y tomando bebidas alcohólicas que se venden en la barra. Hasta acá todo parece normal, gente divirtiéndose un sábado a la noche en un boliche de barrio. Sin embargo, y mirando más de cerca, podemos ver que la remera de una de las chicas de la pista es arrancada de un manotazo, y que un señor, con pinta de presidente de multinacional, se baja el cierre del pantalón.
Existe en la zona oeste un lugar sin dirección, nombre ni dueño que contiene todas las bondades del mundo. Allí, y por un precio similar al de treinta litros de nafta, una persona como nosotros puede disfrutar de los auténticos placeres griegos: experimentación y variedad en una orgía que no tiene más límite que el respeto y la profilaxis.
Llegué ahí por coincidencia una noche, como en esas fiestas de los noventa en donde te daban un huevo, y terminabas en un sótano de Constitución bailando al ritmo del trance junto a una tribu de adoradores de la magia negra y una pastilla de MDMA en cada mano. En este caso, fue la providencia, o simplemente las ganas de la ciudad por demostrar que todavía tiene con qué sorprendernos, la que me llevó hasta las puertas del nuevo Edén con sede limpia, bonita y voluptuosa.
La fachada no da pista alguna (podríamos imaginarnos que allí se celebra una fiesta de quince o una reunión de amigos para festejar el inminente fin de año) pero, una vez adentro, divisaremos las famosas escaleritas que nos conducirán a un oscuro pasadizo lleno de miembros franeleros, ojos atentos y sonrisas fáciles. Para participar de la “acción” sólo tenés que acercar la mano. Si la gente que ya está involucrada gusta de tenerte como invitado todo fluirá, y si no, simplemente te alejarán con movimiento leve y efectivo. Eso es todo, a veces ponés la mano y te sumás, a vecés ponés la mano y te la sacan. Mientras tanto sabés que contás con total anonimato, ya que todo lo que se ve en este asombroso lugar se olvida antes de pisar la puerta de salida.
A las tres de la mañana parece mentira que el presidente de la multinacional no haya roto una botella sobre la cabeza del hombre de bigotes que está toqueteando a su esposa, pero nada de eso pasa, y el recinto se sigue llenando de parejas que caminan relajadas y tan naturales como en las góndolas de un supermercado. En la pista bailan, se miran, se tocan un poquito, y por último intercambian invitaciones para subir juntos a los cuartos de arriba. Una vez allí, y cobijados por la penumbra, construirán sus propias reglas para el encuentro. (Ej.: no valen los manotazos en la cara pero sí del cinturón para abajo; está prohibido golpear pero no arañar, tirar del pelo ni gritar “yuhuuu”).
A las cuatro empieza un show de striptease con dos chicas que verdaderamente saben lo que hacen. Arriba, en un silencio de susurros y palabras cortitas, un montón de gente acostada aprovecha para concretar la lista de fantasías que saca del bolsillo del pantalón: chicos jóvenes con mujeres maduras, famosos con desconocidos, jovencitas que se entregan a los brazos de hombres mayores, tríos, cuartetos, quintetos, sextetos, septetos, octetos y toda la gama de ensambles posibles. Varias parejas se separan y se encuentran en la oscuridad sin una palabra de celos ni miradas de reproche, inspiradas por la premisa “esta noche vale todo”.
A las cinco, la gente del lugar ya se conoce. Algunos repiten partenaire y se animan a intercambiar teléfonos para intentar una reunión similar en casa. Otros, exhaustos por la odisea nocturna, se quedan simplemente a observar. Una fila de chicas se arrodilla frente a un fila de chicos (en espontánea escena porno) y una pareja de habitués se manifiesta dudosa sin saber si unírseles o no. El lugar ya muestra signos de cansancio, y la puerta de entrada exhibe sus primeros desertores.
Al amanecer, en algún lugar de Buenos Aires, vos caminás a tu casa de vuelta de la disco. Mirás las baldosas y escuchás ese canto tan característico del pájaro matutino pensando que tuviste una noche de suerte (porque la chica que atendía la barra del lugar te pasó su teléfono en una servilleta desteñida y casi indescifrable). A diez cuadras, el presidente de la multinacional y su esposa estrenan una sonrisa swinger que no se parece en nada a la tuya, que no se parece en nada a ninguna otra…salvo a la del resto de los adeptos a este ámbito, reducto hétero por excelencia, ubicado en…alguna calle del Oeste.

3 comentarios:

Flops dijo...

buenísimo tati. como siempre lo suyo.
beso enorme.
florencia, zárate, algún día de facu y otro de música y vino y dance.

Anónimo dijo...

donde sera ese oasis?

Hernan Nuzzolese dijo...

El oasis se puede hacer en casa...
El lugar no es problema sino la gente :)
Muy buneo Tati!
Me encanta como escribis.

Hernan
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