SI-FI-SEX


En La imaginación pornográfica Susan Sontag enumera algunas de las características que tienen en común los textos pornográficos y los de Ciencia ficción. Como ejemplo sostiene que ambos cuentan con pocos libros de primera magnitud, que ambos se sitúan en paisajes oníricos y ahistóricos, que el tiempo parece estar congelado de manera peculiar, que ambas son ramas de la literatura que aspiran a generar desorientación y dislocación psíquica y (mi preferida) que la exageración de los órganos sexuales (Ver los "Naipes para ellas" que se venden en todos los kioscos prestando especial atención el ancho de basto) y la magnitud de la energía sexual en la pornografía no existen, al igual que las naves espaciales y los planetas pululantes de la ciencia ficción. Y entonces uno podría preguntarse si en la "vida real" a alguien le podría ocurrir todo lo que le ocurre a la pobre Justine en Los infortunios de la virtud, quien no contenta con haber sufrido las aberraciones más increíbles, cumple su destino trágico recayendo en diversos episodios inmencionables.
Hace algunos años, cuando trabajaba reseñando películas pornográficas, tuve la oportunidad de acceder a un número insólito de estas cintas que uno no suele ver regularmente los lunes a las 8:30 de la mañana. Sentada en mi cama con un mate, un cigarrillo y un anotador veía una y otra vez (¡bajando el volumen de vez en cuando para no excitar a los vecinos!) escenas increíbles en donde mujeres portadoras de culos mágicos eran penetradas por cuatro miembros simultáneamente mientras gozaban, de manera tranquila, de un licuado de durazno y naranja. Proezas así me llevaron a replantearme estas exageraciones fantásticas de la energía humana; ya que era eso o saltar de mi propia ventana por nunca haber sido poseída por el hombre de la mariposa en el glande...
Entonces la pregunta inevitable, la del millón, aquella cuya respuesta empezará con "What is mount Everest" será: ¿Cuánto hay de placentero en estos actos acrobáticos que solemos ver en las películas pornográficas? Películas como Garganta profunda transformaron la fellatio practicada al miembro masculino en un verdadero orgasmo femenino ¡Y hay que decir que el resto de las mujeres no gozamos, como aquella suertuda, del favoritismo de haber nacido con un clítoris en la garganta! ¡Sin mencionar que un hombre desprovisto del entrenamiento especial de aquellos buenos actores porno no suele penetrar a la mujer por un lapso de 50 minutos a buen ritmo y buen pulso cardíaco cada vez que se aparea! O el episodio clásico de la mujer que luego de ser poseída por el hombre en el bosque/bar/pool/baño/desierto encantado desaparece como por acto de magia... Todos sabemos que esto no ocurre. Al menos no vía desintegración. Tal vez vía escape por la puerta trasera, escalera de incendio o árbol frondoso.
Las películas pornográficas entonces, deberían ostentar aquél cartelito de "No lo haga en su casa, estos son profesionales". Para que la señora hogareña que tuvo la dicha de poder sintonizar el canal Venus entre rayita y rayita no sienta la necesidad apremiante de salir a hacerlo en la vía pública con un Ovejero Alemán! O el joven adolescente de 14 años no crea que para darle placer a una mujer hay que necesariamente cambiar de postura cada exactos 11 minutos y que cuanto más desopilante sea la postura más agudo será el grito entonado por la señorita. Este cartelito también sería útil para prevenir desgarros innecesarios. Desgarros sufridos como producto de prescindir de todo tipo de lubricación a la hora de insertar aparatos de tamaño extra-humano en orificios bien definidos. Ya que evidentemente hay algo que no se muestra en éstas taquilleras películas pornográficas, y esto es la famosa "preparación de los genitales". Tanto el hombre/porno como la mujer/porno suelen precalentar antes de filmar cada escena. Ya sea con ayuda de segundos o terceros, con aparatos prácticos, o con su propio y estudiado ritual de calentamiento. Estos seres tienen la apariencia de ser inmunes a las amenazas del mundo ordinario: prescinden del forro, de los halagos, de los cariños previos, de la recompensa del cigarrillo post coito, del llamado telefónico del día después. El hombre/porno siempre tiene una gloriosa erección, no se agita, no transpira demasiado y controla su descarga de forma casi rectilínea. La mujer/porno siempre gime, se agarra de los respaldos, no parece demasiado preocupada por su propio placer, ejecuta todo tipo de maniobras aéreas y viste concienzudamente pequeños trapitos diseñados para la ocasión (y bien bonitos que les quedan).
En conclusión: el hombre/porno y la mujer/porno son superhéroes, súper hábiles, súper diestros, súper ágiles, súper porno. De allí que éste no pretende ser un texto en contra de las películas de este género y mucho menos en contra de los maravillosos héroes que las protagonizan. Estas películas y sus actores han dado esperanza a los desesperanzados, han educado biológicamente, han invadido la sociedad con el anhelo del "miembro gigante", han impulsado el autoerotismo, han enseñado a millones y millones de personas alrededor del mundo que el dialecto natal puede ser una gran fuente de excitación sexual y han instalado las parejas disparejas (sino nótese como las mujeres más hermosas comparten pantalla con los hombres más insólitos y viceversa). En fin, se podría decir que han legitimado la fantasía, y éste es el mayor mérito de este tipo de expresión artística...Junto con aquellas hermosas formas humanas que empapan el televisor e invitan, a más de uno, a la acción.

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