Frgramento del epílogo "Mi pequeño mundo porno". Editorial El Cuervo, Bolivia, 2011.

Según una página web cristiana, cerca de ciento cincuenta mil habitantes (contando sólo los de mi país natal) se están masturbando en este preciso momento, lo que genera una baja de la productividad de 3.200 millones de pesos al mes. Sin embargo, eso no nos convierte en la ovejita negra del mundo, alrededor del globo millones y millones de personas le hacen perder dinero a sus gobiernos por deleitarse en esta práctica tan personal que data del principio de los tiempos; para ejercerla, claro, nunca fue condición sine qua non la pornografía, pero hay que decir que ésta supo poner su granito de arena.

En el principio no había sexo. Sólo unas cuantas células solitarias y deprimidas (o tal vez no), que pululaban por la tierra sin rumbo y que comían helado de frutilla al agua los domingos por la tarde. En esas épocas los organismos se reproducían clonándose a sí mismos, como si la diversión nada tuviera que ver con la perpetuación de la especie. Después, a medida que avanzó el tiempo, las células que practicaban la reproducción sexual (llamémoslas “células pícaras”) se dieron cuenta de que se adaptaban mucho mejor a los cambios ecológicos, ya que la unión de ambas aprovechaba la fusión del material genético. Así fue como aparecieron Adán y Eva.

Adán y Eva, como señalan las escrituras, fueron colocados en el Jardín del Edén, conocido también como “El Paraíso”. Para probar su fidelidad vino todo ese rollo con la manzana, y para hacer una larga historia corta, Dios, enfurecido, declaró: "parirás a tus hijos con sufrimiento", y los desterró de aquel jardín para siempre. La valerosa Eva (mujer esbelta de taparrabo a la moda) parió en aquel tiempo a Caín, Abel, Set y a unos cuantos vástagos más de los que no tenemos idea. Pero lo que sí sabemos es que Adán murió a los 930 años de edad, razón por la cual la pareja tuvo tiempo de procrear por lo menos un ejército completo de hijos. Ejército del que, si querés, provenimos vos y yo.

Vi mi primera película pornográfica (si queda fuera de categoría Cuerpos ardientes de Lawrense Kasdan, con William Hurt y Kathleen Turner) cuando tenía cerca de catorce años, edad obsoleta a la vista de los iniciados por la Internet. Era una película finlandesa que tenía como escenario una granja llena de animales en donde repetían una y otra vez la palabra “letekakerr”, que hasta el día de hoy no tengo idea de lo que quiere decir. Después, en un flashforward de privacidad, llegamos a mis veinte, momento en el cual me contratan de UOL, la punto com más poderosa del momento, para trabajar en su sección Uolsex escribiendo una reseña de libro erótico, un cuento del mismo género, y una reseña de película pornográfica por semana. Así comienza mi carrera profesional en el rubro.

Todos los lunes, a las diez de la mañana, con mate, cigarrillos y el volumen en mínimo para que los vecinos no me imaginen en medio de una orgía matutina o piensen que gusto de gritar en inglés durante el acto, me sentaba con mi anotador y me pasaba horas poniendo pausa, rebobinando, pero sobre todo pensando cómo podía traducir aquellas imágenes a texto. Admito que llegué a escribir todo tipo de disparates, pero nada se comparaba con el momento en el que en alguna reunión de amigos me preguntaban de qué trabajaba. En el área de los libros, mientras tanto, pude elegir a Bataille, Cocteau, Musset, Sade, Almodóvar, Vargas Llosa, y a muchísimos autores “eróticos” contemporáneos, junto con los clásicos manuales antiguos. Debo confesar que entre los relatos y las reseñas navegué el universo del porno asalariado por varios años.

No está de más decir que, a estas alturas, hay tantas definiciones como personas para la diferenciación de la categoría erótica de la pornográfica, y, cansada de esta pregunta, estaría dispuesta a responder casi cualquier cosa, así que acá cito algunas (las que uso más seguido): “Todo lo que uno lee con una mano es pornográfico”, “La pornografía recorta, el erotismo nos deja ver el encuadre completo” o, si prefieren: “El porno es una revista de chismes, el erotismo una para adultos”.

Pasa el tiempo y, de un día para otro, las punto com decaen y después de rechazar una oferta como “la mirada femenina de Uolsex” termino fuera del circuito. Deprimida por el desempleo, o tal vez sólo experimentando la abstinencia de mi rutina porno, recibo el llamado de una amiga que estaba trabajando para una sex line. Había que escribir los textos, grabarlos en estudio y entregarlos a un par de abogados muy dudosos que manejaban una línea telefónica de, cito, “alto voltaje”. Mi amiga había inventado unas líneas muy ingeniosas que decían algo así como: “Lola te enseña todo lo que hay que hacer para dar y recibir placer por demás… En el arte de la boca…” imagínense el resto. Yo, por mi parte, escribí de todo un poco, llegué a grabar un par de CDs completos, los entregué, cobré, y al poco tiempo el teléfono de los abogados se desconectó para siempre.

Otro flashforward de privacidad y aparezco de nuevo en vereda.

Después de escribir a pedido de una gran editorial un sumario de título Siempre me engancho con hombres casados, que al final fue cajoneado en pleno 2001, una editora muy inteligente, de nombre Marta Merkin, me instó a que escribiera lo que me viniera en gana. De allí nacieron dos cosas: por un lado, mi primera novela, Lulúpe María T, y por el otro la primera columna de Séxodo titulada “El estigma de Noé”, en donde le daba la lata al susodicho por su rígida voluntad en el tema de los pares.
Séxodo fue tomada primero por Luciano “Lucho” Piazza y su página académica de la UBA, Flatusvocis; de ahí pasó a Ragnatella Magazine, una publicación italiana; de ahí a la literaria El Interpretador, de Juan Diego Incardona; a Agasex en España; a la revista argentina Gabo; a la de diseño Suite y a donde ella quiso. Mientras tanto, mi casilla de correo se engrosaba con mails de lectores llenos de preguntas, buenos augurios y, sobre todo, ganas de meterse en el universo que presentaban las columnas: las “extrañas” conductas de los seres sexuales alrededor del mundo, una infinidad de constelaciones que todavía no terminé de explorar.

Entre ellos destaco, por ejemplo, una noche en el afamado Golden haciendo entrevistas a los strippers tras bambalinas para una página de sexo, que resultó ser un completo fraude y cuyo dueño se escapó sin pagarme un centavo. Eso sí, la noche me abrió la puerta a un mundo de tangas traídas de Miami por ancianas millonarias, anillos de pene, el término “preparación previa”, y a un montón de disfraces infantiles que ya jamás podré ver con inocencia. Recuerdo también con cariño una noche de lucha en el lodo, en la que una bailarina del rubro me llevó a un lugar secreto, dirigido por un ex barra brava, y en el que vi cosas que no había imaginado ni en sueños. El dueño en persona me ofreció hacer realidad cualquiera de mis fantasías (la lista es realmente irreproducible, y no lo incluía a él sino a una extensa variedad de prácticas novedosas y estereotipos), pero por suerte pude oler que era una prueba y contesté con un escueto “ya lo hice absolutamente todo, ¿me podrías convidar un vaso de coca cola?”. Y por último (y esta es sólo una selección casi azarosa) la primera noche en la que entré en un boliche gay. Tendría unos dieciséis años, estaba de la mano de una amiga y ninguna de las dos tenía ni idea de qué se trataba aquel lugar. Cuando quisimos entrar, asumieron que éramos pareja y nos dieron libre acceso luego de articular un escueto “el precio de la entrada incluye show”. Muy contentas por haber localizado una discoteca con entretenimiento extra en plenos años noventa, nos sentamos a esperar. La luz se apagó y entre la penumbra una voz notablemente afectada articuló “Felipe y Simón, una historia de amor”. Lo que siguió fue un espectáculo de dudosa categoría que cerró con Simón saltando sobre cada una de las mesas y ofreciendo su “superpoder” a la boca de cualquiera que estuviera interesado.

Con el tiempo pude comprender que ese local no era más que un escenario común en nuestra maravillosa ciudad de Buenos Aires, y hasta podría asegurar que era de lo más soft core que había. El recinto cerró, pero siempre tendrá un lugar especial en mis recuerdos por haber sido el que me hizo llegar a la conclusión de que si para la comunidad gay había este tipo de lugares, para el resto debía de haber, en algún sitio de la capital o sus alrededores, algún precioso antro similar… y por suerte tuve razón. Para cada uno hay un pequeño mundo porno a la vuelta de la esquina, solo hay que salir de la cama y encontrarlo.

La Figurita Fácil

Se puede corroborar que en todo grupo de amigos hay alguna chica y chico que puede considerarse la figurita fácil. Por figurita fácil no me refiero a que estén al alcance de cualquier mano, sino a aquella persona que no importa cuántos kilos gane, pelos pierda, años envejezca, cortes ridículos se haga, músculos de más desarrolle, mal se vista, arruinada por la noche anterior esté o incluso fuera de lugar se vea, siempre podés contar con que a tus amigos les va a atraer de forma instantánea... y se la van a querer llevar a la cama.

Esto, que parece tan trivial, simplifica cumpleaños, casamientos, bautismos, viajes a las quintas, despedidas, fiestas de fin de año laborales, y toda clase de eventos a los que algunos allegados tengan cierta resistencia. Cuando una a viva voz dispara el: “Te aseguro que mi amiga/o X te va a encantar, no te podés perder este acontecimiento por nada en el mundo”.

Admito ahora que yo misma lo he constatado empíricamente durante ya casi diez años, y siempre tuvo éxito. Vale aclarar de nuevo que con esto no quiero decir que mi amiga o mi amigo se vaya siempre a la cama con los cortejantes, sino que los individuos sucumben una y otra vez ante el poder irrefutable del atractivo de mis camaradas.

Entonces, un buen día, lo abrí a discusión. Preguntándole a la gente cercana si contaban en sus grupos con estos seres imprescindibles. Sin embargo, para mi enorme sorpresa, jamás se les había ocurrido pensarlo de esa manera.

La reacción inicial fue en todos la misma, la de poner una condición por la cual “eso es imposible”. Límites del estilo: “si está muy pero muy gorda/o no se si le doy” o “si ya perdió parte del pelo y se peina para el costado no creo que pueda obviarlo”, o el típico “en el momento en que se le caiga todo pierde mi voto”, etc., etc. Mientras tanto, yo repetía una y otra vez, “tienen que pensar en alguien que ni el tiempo, ni el clima, ni el cambio afecte su sex appeal”... porque esa es la base de toda esta cuestión: hay gente que es sexy a pesar de todo. Existe, camina entre nosotros y no podemos evitarla, ni desterrarla (como propusieron algunos que ya se sabían fuera de la categoría).

Después, sistemáticamente, se desató la segunda fase; una fundada en los celos y la duda. Algo así como “¿soy yo una de esas personas?”, “porque si no soy yo, es obvio que no existen”.... A todos los que estén atravesando este breve período les aseguro que cada uno sabe si pertenece o no a ese grupo selectísimo, tanto como si se lo propone, puede identificar a los especímenes sobre los que estamos hablando. Vienen en todos los colores, tamaños, texturas, edades, extractos sociales, y no hace falta que cumplan con ninguna de las estereotipadas premisas de la lista de “gente atractiva”. A veces son sexy-ugly, otras funny-ugly, otras sexy-sexy, en fin, o sos o no sos, vos lo sabés y tus amigos lo saben, final de la cuestión.

Tiempo después de proponer el debate recibí algunas respuestas. Conclusiones que habían salido a la luz luego de pláticas tal vez demasiado acaloradas. Ahora puedo afirmar que en cada uno de estos grupos hay por lo menos una mujer y un hombre que han logrado el extraordinario estatus de “deseado por todos”... ¿O van a decir que no les gustaría recibir esa estatuilla?

Propongo, entonces, que cuenten cuáles son las figuritas fáciles de sus grupos, los siempre presentables, siempre atinados, siempre anhelados... Bah, los que siempre hacen que (en el fondo) nadie quiera perderse sus cumpleaños...

SOY PORNO

Una completa y veraz relación del horrendo fuego que se desencadenó en los pantalones del Papa, es probablemente el título más excéntrico de la literatura pornográfica de todos los tiempos. Escrita en 1713, esta obra no es la única que ostenta un nombre memorable. En los siglos XVII y XVIII se pusieron de moda los encabezamientos compuestos, entre ellos: De cómo descubrió recientemente el jardinero de un caballero una virginidad embrollada (digna construcción de Les Luthiers); La dulce adolescente: verdadera historia de la tremenda paliza a una hija y sus deliciosas aunque terribles consecuencias; y la obra oriental El océano de las iniquidades de monjes y monjas, uno que al cruzarlo enfría los pies de manera atonal (aunque todavía se debate si es exacto o no). Junto con estos libros hubo otros con nomenclaturas tal vez no tan notables, pero no por eso menos marketineras, como por ejemplo: La pequeña cueva de Merlín, Los secretos de la monja negra, Callejeo de medianoche, El turco libidinoso, Los placeres de un bastón y otros tantos que hoy podrían adornar los anaqueles de los ya fallecidos Blockbuster o simplemente los portales virtuales de descarga de películas pornográficas que no anunciaré aquí para no recibir cheques desde el extranjero (¿o debería?).

Sin embargo, la pornografía no nació con la literatura. Originalmente la palabra significaba “escribir sobre las prostitutas”, pero hoy lo “pornográfico” se utiliza para describir todo aquello que produce excitación sexual. Éste término es tan amplio e inabarcable, que hace que casi cualquier cosa pueda pertenecer al grupo, por ende pareciera más interesante rastrear sus orígenes y luego, caprichosamente, elegir una fecha para catalogar al mundo de porno y punto.

En la antigua Roma, aunque la pornografía estaba muy difundida, se circunscribía más que nada a las clases privilegiadas. En muchas casas las paredes estaban adornadas con frisos sensuales que exponían escenas orgiásticas; pero eran pocos los romanos que podían costear verdaderos frescos para decorar por completo sus moradas con retratos que hoy tu mamá te cubriría con pintura al primer vistazo. Para imaginarlos, hay que tener en cuenta que al lado de ellos, el famoso poster ochentoso de la tenista de espaldas (el que no lo recuerde o lo conozca, que por favor lo googlée de inmediato), es como una foto familiar en un álbum que descansa sobre la mesa del living para que ojeen los invitados. Los frescos manifestaban todo tipo de actividades sexuales explicitas y múltiples, con algunas posturas que aún se están intentando copiar en el “Instituto Alemán de mejoramiento del Kama Sutra, lugar que lamentablemente hasta hoy no he podido visitar (tal vez por eso debería nombrar los portales explícitos y esperar esos cheques en euros). “En los burdeles de Pompeya, las imágenes estaban pintadas en el exterior, a modo de reclamo y anuncio de lo que se ofrecía dentro; en las calles, a su vez, unos falos dibujados indicaban dónde encontrar la siguiente casa de mala nota”.

La semi democratización pornográfica vino recién en el siglo XVI con la invención de la imprenta en Europa. Sin embargo tuvo que esperar dos siglos más para poder alcanzar al hombre común, ya que en un principio era casi imposible crear imágenes detalladas utilizando planchas de madera. Según “Una breve historia de la pornografía”, en el siglo XVI la obra más famosa del género era los Sonetos lujuriosos de Pietro Aretino, ilustrados por Giulio Romano, que celebraban 16 posturas sexuales. Cuenta la historia que los dibujos fueron encargados por el mismísimo Papa León X, y que el libro tuvo tanto éxito que luego de peripecias de todo orden llegó a Francia adonde se agregaron 20 posturas más. Finalmente, en 1674 desembarcó en Oxford, lugar en el que los estudiantes de All Souls iniciaron su impresión en serie.

De allí en adelante la mayor parte del material del rubro pasó a ser literatura erótica, hasta la aparición de las ilustraciones coloreadas y de las revistas. Una de las más famosas fue la inglesa The Pearl, publicación de lecturas picarescas y voluptuosas. Una entrega mensual que entretuvo a lectores desde 1879 hasta 1886. Sin embargo, la verdadera democratización pornográfica tuvo que esperar a la aparición de la fotografía, que desató el estallido de las postales obscenas: baratas de conseguir, fáciles de esconder, y difíciles de olvidar. (¿En que película de época no encontramos a un adolescente con una caja de éstas tarjetas bajo su cama?)

Y entonces apareció el “mutoscopio”, conocido simpáticamente como “la “máquina de lo que vio el mayordomo”. Este aparato comprendía un tambor con 850 fotos que giraban alrededor de una bujía. Entre los títulos más divulgados estaban Cómo se desnuda la chica, La muchacha que trepa el manzano y Bridget desnuda sirve la ensalada. Unos años después, con el desarrollo de las películas, muchos clásicos del mutoscopio se convirtieron en los primeros filmes pornográficos.

Después de la Primera Guerra Mundial aparecieron libritos de pésima calidad que imitaban las publicaciones que tenían los franceses. A lo largo de la Segunda Guerra Mundial, las pin-up se exhibieron desnudas en las revistas conocidas como de “tetas y culos” y de allí en adelante, con la aparición de Playboy y su inolvidable número de Marilyn Monroe en 1953, todo ya es historia más o menos conocida... hasta tal vez el año 2010 en dónde apareció la primera revista pornográfica para ciegos. La publicación Tactile Minds cuesta 170 euros y fue inventada por una canadiense de nombre Lisa Murphy. Entre las 17 imágenes esculpidas, se encuentra la de una mujer con los pechos perfectos y la de un hombre denominado robot del amor. (Playboy tiene una edición en braille, pero las fotos no están en relieve por lo cual los no videntes nunca habían tenido la posibilidad de disfrutar del paquete entero).

Tal vez la verdadera democracia visual porno nos haya alcanzado recién hace un año, ¿pero quién la circunscribió sólo a lo visual? Desde los teléfonos 0800 hasta el espacio virtual, pasando por todo lo que te “produzca excitación sexual” la verdad es que hace tiempo y a lo lejos que habitamos un mundo porno... fuera de que te guste o no.

El Dealbreaker

Para los fanáticos de la serie 30 Rock el concepto de dealbreaker no es del todo desconocido. Ya sea en un sketch, libro, o un reality show, Tina Fey en su papel de Lemon aplica dealbreaker a todas las cosas que ameriten descartar a tu pareja o pretendiente. Sin embargo, a diferencia del uso que le da Liz Lemon, la propuesta de esta columna es que puede haber un único dealbreaker, y este será exclusivamente aplicable al compañero para el acto sexual.

En mi investigación, que abarcó 35 personas de entre 18 y 47 años, no hubo ni una respuesta igual a la otra. Se ve que cuando te dan una solitaria posibilidad para decirle que NO al sexo, uno se pone verdaderamente quisquilloso y muy pero muy individualista.

Algunas de las afirmaciones más contundentes fueron:
1- “Pelos en las tetas, pero de esos que parecen alambre”.
2- “No tener afinidad con su olor corporal, eso directamente me hace salir de la cama, no importa que tenga que salir eyectada de mi propia casa”.
3- “Que sea bizco. No tolero no darme cuenta si me mira la teta derecha o la izquierda”.
4- “Que le falte un miembro, y ni hablar de si es ESE miembro. Esto me pasó una vez, es por eso que lo traigo a colación.”
5- “Las estrías groseras, pero no las líneas, sino esos surcos en donde podés poner un cucharón de helado”.
6- “El pelaje en el lugar que usualmente se utiliza para sodomizar, y lo digo así para que no me tildes de grosero”.
7- “Que use la frase: ¡te voy a romper en cuatro! En pleno acto sexual, ¿Que c..... quiere decir eso? ¿Alguna vez te rompieron en cuatro?”.
8- “Que pese más que yo”.
9- “Que la tenga lo suficientemente chica para decirle mini salchichita de Viena, o lo suficientemente grande para decirle prefiero un burro...”
10- “Que se la haya perfumado”
11- “Que se limpie la baba de los besos en mi pelo”
12- “Que haya estado con menos de 30 personas o con más de 35” (¿?).
13- “Que tenga aliento a lobby de hospital”.
14- “Que le guste afeitarme antes de que arranquemos”.
15- “Que quiera rebautizar mi pene, cuando debería estar claro para todos, que los hombres los nombramos solitos”.
16- “Que me pida que le pase mi teléfono de antemano”.
17- “Que trate de ocultar que está indispuesta con la famosa frase: son las últimas gotitas te lo juro.”
...Y 17 dealbreakers más.

En la Argentina de los 80 se afirmaba que no había razón, suficientemente importante, para no tener sexo. Y las frases que más circulaban por la noche local (dichas a la vez por hombres y mujeres) eran “mejor coger que no coger” o “un polvo no se le niega a nadie”... Tal vez no eran las oraciones más inspiradas del mundo pero esa filosofía fiestera hacía de la suaré porteña una sin restricciones de peso, pelos, olores, y algunas que me guardé como pupos salidos para afuera; uñas largas de los pies; pitos demasiado al este o al oeste, con forma de gancho o con huevos muy grandes, tetas triangulares, que toquen la propia panza o con pezón de hamburguesa; etc, etc.

Hoy, las frases que circulan son “mejor un buen polvo que sólo sacarse la leche”, “Prefiero esperar, que hacerlo por falta de uso”, “Hay que hacerse rogar para que te tomen en serio” (¿esta ya parece de la década de los 50, no?) y mi preferida: “Si me acuesto sin ganas, me levanto corriendo”. Pero ojo, no es lo mismo ser indiscriminados con respecto a nuestro acompañante sexual que tener un límite físico, verbal o mental que convierta la potencialidad del encuentro en un dealbreaker... y de esto se trata esta columna.

Alguno argumentará que para saber cuál es su límite antes tiene que experimentarlo, y claro, no siempre se sabe de antemano que odiás que “el corpiño y la bombacha no combinen” o que “pretenda que repita todo el tiempo así me gusta, así me gusta”. Supongo que esa fue una de las razones por las que se acuñó la frase “hay que probar todo al menos una vez”.

Para mí, lo más interesante del cuestionario fue encontrarme con que ninguno de los 35 entrevistados nombró alguna enfermedad de transmisión sexual como su razón para decir que no; se ve que las campañas de prevención tuvieron su efecto. Pero, más allá de ese tema, y volviendo a las respuestas personales: ¿Cuál es tu dealbreaker?
Y, por pura curiosidad, y sólo para los fanáticos y fanáticas de la serie que introdujo el tema ¿sos una Jenna o una Lemon?

BLACKOUT

Anoche, en la despedida de una amiga que no se va a vivir afuera, la charla giró alrededor de un tema espinoso. ¿En el caso de sufrir un verdadero blackout de alcohol u otra substancia y mantener algún tipo de relación sexual con terceros (estando uno en una pareja estable), se considera o no infidelidad?...

A la mañana siguiente de mi fiesta de cumpleaños número 18, allá a lo lejos y hace tiempo, me desperté con llamados de diversos amigos y amigas felicitándome porque finalmente había “estado” con el chico que me gustaba. “Cómo gritaban” me decían todos, “se ve que la pasaron bárbaro”. Yo no sólo no recordaba detalles de aquél evento sino que no recordaba la mitad de la fiesta, que por cierto para esas épocas había sido bastante alocada. Gente de a tres o cuatro en la bañadera pequeña de mi cuarto, gente tiñéndose el pelo de colores con tintura permanente, gente en la pileta con botellas de todos colores, con ropa, sin ropa, en los cuartos, en los baños y haciendo todo tipo de piruetas. En conclusión, me levanté a la mañana con un pilón de ropa de hombre y mujer, y la mitad de mi guardarropas en falta: la muchedumbre de amigos y conocidos había dejado su atuendo de guerra y se había vestido con “ropa libre de pecado”.

Miré los estantes vacios en donde alguna vez habían descansado mis jeans y remeras, y sonreí, pero no pasó lo mismo cuando miré mi colección de CDs: faltaba más de uno… y no creo que nadie se haya ido a su casa vestido con un CD limpio. En fin, todo esto es para describir la magnitud de la debacle fiestera, pero, volviendo al tema en cuestión, después de los maravillosos relatos sobre mi noche fogosa en el baño (a puerta cerrada) me quedé con la única opción, la última opción de una dama, la de llamar por teléfono al chico en cuestión para preguntarle sin rodeos: ¿lo hicimos?

La respuesta de mi amigo fue que no, que por cierto algo había sucedido pero que él jamás se aprovecharía de mí en aquél estado (“lamentable”, agregaría yo). En ese período no me encontraba involucrada en ninguna relación amorosa así que el tema de la infidelidad no surgió, sin embargo anoche, charlando con solteros y parejas, cada uno tenía su versión, no sólo acerca de si se sentiría traicionado o no, sino de lo que realmente había acontecido en aquella fiesta adolescente de la que ninguno de ellos fue parte. Como resultado de apuestas (imposibles de confirmar, aviso) la mayoría concluyó que aquella noche tuve sexo, y que mi amigo, borracho, pero no en estado de blackout, había sentido vergüenza de confesarlo. Fuera de si esto fue así o no, rápidamente el debate se encendió en torno a las parejas. ¿Puede uno ser responsable de sus actos cuando no recuerda nada, cuando no hubo intención y ni siquiera registro de placer o disgusto?

En las películas estadounidenses nos cansamos del mismo guión acerca de la chica que despierta un día de un coma (causado por algún accidente ridículo) amnésica y convertida en una página en blanco. Pronto nos enteramos de que ella solía ser horrible con su familia, una engreída, maltratadora, infiel, etc. Sin embargo ahora, llevada de nuevo a su casa (en algunas versiones choza, en otras mansión), se convierte en un ser humano entrañable, se enamora de su marido y deja atrás aquella vida de Cruella de Vil.

Es verdad también, que en algunas versiones de ese mismo film, la pérdida de memoria resulta ser falsa y con eso se desmorona la posibilidad de evaluar este tema del blackout de manera verdaderamente científica (malditas esas versiones para TV). Pero, hagamos eso a un lado en nuestro debate, y demos por sentado, al menos por hoy, que la gente no miente. (Ruego logren la abstracción seguidores de Dr. House).

Entonces, uno/a vuelve a su hogar luego de una noche de ingesta bruta y se levanta a la mañana siguiente sintiéndose sólo nauseabundo/a y adolorido/a para luego leer en un mensaje de texto, twitter, mail o Facebook que fulanita o fulanito le agradece por la noche de placer. Ahí aparece la figura del blackout (definido en general como “apagón eléctrico”), con imágenes fugaces y borrosas de cosas absurdas, y largas lagunas negras que la acompañan.

Primero, como aquella mañana cuando tenía 18, aparece la risa, la posibilidad de que todo sea una broma de los amigos o del fulano. Después el chequeo físico: ¿siento algo que indique que mantuve relaciones sexuales? En tercer lugar la desesperación: ¿por qué razón mentirían mis amigos o el susodicho?; y por último la aceptación de que la cosa sucedió (o no, como en mi caso en donde le sigo creyendo a la persona que estaba puertas adentro conmigo). Ahora, si estás en pareja, ¿es o no es infidelidad?

Tomando como analogía los casos criminales en donde se juzga el grado de homicidio teniendo en cuenta de si hubo o no intención (“propósito o voluntad de hacer algo”), algunos podrían inclinarse a decir que hubo un quebrantamiento no deliberado del pacto de pareja y entonces… ¿Prisión? ¿Libertad condicional? ¿Absolución? Que cada uno decida y me avise. Voy a agregar los resultados de esta encuesta una vez que se expida el jurado. Ahora, a deliberar.