Frgramento del epílogo "Mi pequeño mundo porno". Editorial El Cuervo, Bolivia, 2011.

Según una página web cristiana, cerca de ciento cincuenta mil habitantes (contando sólo los de mi país natal) se están masturbando en este preciso momento, lo que genera una baja de la productividad de 3.200 millones de pesos al mes. Sin embargo, eso no nos convierte en la ovejita negra del mundo, alrededor del globo millones y millones de personas le hacen perder dinero a sus gobiernos por deleitarse en esta práctica tan personal que data del principio de los tiempos; para ejercerla, claro, nunca fue condición sine qua non la pornografía, pero hay que decir que ésta supo poner su granito de arena.

En el principio no había sexo. Sólo unas cuantas células solitarias y deprimidas (o tal vez no), que pululaban por la tierra sin rumbo y que comían helado de frutilla al agua los domingos por la tarde. En esas épocas los organismos se reproducían clonándose a sí mismos, como si la diversión nada tuviera que ver con la perpetuación de la especie. Después, a medida que avanzó el tiempo, las células que practicaban la reproducción sexual (llamémoslas “células pícaras”) se dieron cuenta de que se adaptaban mucho mejor a los cambios ecológicos, ya que la unión de ambas aprovechaba la fusión del material genético. Así fue como aparecieron Adán y Eva.

Adán y Eva, como señalan las escrituras, fueron colocados en el Jardín del Edén, conocido también como “El Paraíso”. Para probar su fidelidad vino todo ese rollo con la manzana, y para hacer una larga historia corta, Dios, enfurecido, declaró: "parirás a tus hijos con sufrimiento", y los desterró de aquel jardín para siempre. La valerosa Eva (mujer esbelta de taparrabo a la moda) parió en aquel tiempo a Caín, Abel, Set y a unos cuantos vástagos más de los que no tenemos idea. Pero lo que sí sabemos es que Adán murió a los 930 años de edad, razón por la cual la pareja tuvo tiempo de procrear por lo menos un ejército completo de hijos. Ejército del que, si querés, provenimos vos y yo.

Vi mi primera película pornográfica (si queda fuera de categoría Cuerpos ardientes de Lawrense Kasdan, con William Hurt y Kathleen Turner) cuando tenía cerca de catorce años, edad obsoleta a la vista de los iniciados por la Internet. Era una película finlandesa que tenía como escenario una granja llena de animales en donde repetían una y otra vez la palabra “letekakerr”, que hasta el día de hoy no tengo idea de lo que quiere decir. Después, en un flashforward de privacidad, llegamos a mis veinte, momento en el cual me contratan de UOL, la punto com más poderosa del momento, para trabajar en su sección Uolsex escribiendo una reseña de libro erótico, un cuento del mismo género, y una reseña de película pornográfica por semana. Así comienza mi carrera profesional en el rubro.

Todos los lunes, a las diez de la mañana, con mate, cigarrillos y el volumen en mínimo para que los vecinos no me imaginen en medio de una orgía matutina o piensen que gusto de gritar en inglés durante el acto, me sentaba con mi anotador y me pasaba horas poniendo pausa, rebobinando, pero sobre todo pensando cómo podía traducir aquellas imágenes a texto. Admito que llegué a escribir todo tipo de disparates, pero nada se comparaba con el momento en el que en alguna reunión de amigos me preguntaban de qué trabajaba. En el área de los libros, mientras tanto, pude elegir a Bataille, Cocteau, Musset, Sade, Almodóvar, Vargas Llosa, y a muchísimos autores “eróticos” contemporáneos, junto con los clásicos manuales antiguos. Debo confesar que entre los relatos y las reseñas navegué el universo del porno asalariado por varios años.

No está de más decir que, a estas alturas, hay tantas definiciones como personas para la diferenciación de la categoría erótica de la pornográfica, y, cansada de esta pregunta, estaría dispuesta a responder casi cualquier cosa, así que acá cito algunas (las que uso más seguido): “Todo lo que uno lee con una mano es pornográfico”, “La pornografía recorta, el erotismo nos deja ver el encuadre completo” o, si prefieren: “El porno es una revista de chismes, el erotismo una para adultos”.

Pasa el tiempo y, de un día para otro, las punto com decaen y después de rechazar una oferta como “la mirada femenina de Uolsex” termino fuera del circuito. Deprimida por el desempleo, o tal vez sólo experimentando la abstinencia de mi rutina porno, recibo el llamado de una amiga que estaba trabajando para una sex line. Había que escribir los textos, grabarlos en estudio y entregarlos a un par de abogados muy dudosos que manejaban una línea telefónica de, cito, “alto voltaje”. Mi amiga había inventado unas líneas muy ingeniosas que decían algo así como: “Lola te enseña todo lo que hay que hacer para dar y recibir placer por demás… En el arte de la boca…” imagínense el resto. Yo, por mi parte, escribí de todo un poco, llegué a grabar un par de CDs completos, los entregué, cobré, y al poco tiempo el teléfono de los abogados se desconectó para siempre.

Otro flashforward de privacidad y aparezco de nuevo en vereda.

Después de escribir a pedido de una gran editorial un sumario de título Siempre me engancho con hombres casados, que al final fue cajoneado en pleno 2001, una editora muy inteligente, de nombre Marta Merkin, me instó a que escribiera lo que me viniera en gana. De allí nacieron dos cosas: por un lado, mi primera novela, Lulúpe María T, y por el otro la primera columna de Séxodo titulada “El estigma de Noé”, en donde le daba la lata al susodicho por su rígida voluntad en el tema de los pares.
Séxodo fue tomada primero por Luciano “Lucho” Piazza y su página académica de la UBA, Flatusvocis; de ahí pasó a Ragnatella Magazine, una publicación italiana; de ahí a la literaria El Interpretador, de Juan Diego Incardona; a Agasex en España; a la revista argentina Gabo; a la de diseño Suite y a donde ella quiso. Mientras tanto, mi casilla de correo se engrosaba con mails de lectores llenos de preguntas, buenos augurios y, sobre todo, ganas de meterse en el universo que presentaban las columnas: las “extrañas” conductas de los seres sexuales alrededor del mundo, una infinidad de constelaciones que todavía no terminé de explorar.

Entre ellos destaco, por ejemplo, una noche en el afamado Golden haciendo entrevistas a los strippers tras bambalinas para una página de sexo, que resultó ser un completo fraude y cuyo dueño se escapó sin pagarme un centavo. Eso sí, la noche me abrió la puerta a un mundo de tangas traídas de Miami por ancianas millonarias, anillos de pene, el término “preparación previa”, y a un montón de disfraces infantiles que ya jamás podré ver con inocencia. Recuerdo también con cariño una noche de lucha en el lodo, en la que una bailarina del rubro me llevó a un lugar secreto, dirigido por un ex barra brava, y en el que vi cosas que no había imaginado ni en sueños. El dueño en persona me ofreció hacer realidad cualquiera de mis fantasías (la lista es realmente irreproducible, y no lo incluía a él sino a una extensa variedad de prácticas novedosas y estereotipos), pero por suerte pude oler que era una prueba y contesté con un escueto “ya lo hice absolutamente todo, ¿me podrías convidar un vaso de coca cola?”. Y por último (y esta es sólo una selección casi azarosa) la primera noche en la que entré en un boliche gay. Tendría unos dieciséis años, estaba de la mano de una amiga y ninguna de las dos tenía ni idea de qué se trataba aquel lugar. Cuando quisimos entrar, asumieron que éramos pareja y nos dieron libre acceso luego de articular un escueto “el precio de la entrada incluye show”. Muy contentas por haber localizado una discoteca con entretenimiento extra en plenos años noventa, nos sentamos a esperar. La luz se apagó y entre la penumbra una voz notablemente afectada articuló “Felipe y Simón, una historia de amor”. Lo que siguió fue un espectáculo de dudosa categoría que cerró con Simón saltando sobre cada una de las mesas y ofreciendo su “superpoder” a la boca de cualquiera que estuviera interesado.

Con el tiempo pude comprender que ese local no era más que un escenario común en nuestra maravillosa ciudad de Buenos Aires, y hasta podría asegurar que era de lo más soft core que había. El recinto cerró, pero siempre tendrá un lugar especial en mis recuerdos por haber sido el que me hizo llegar a la conclusión de que si para la comunidad gay había este tipo de lugares, para el resto debía de haber, en algún sitio de la capital o sus alrededores, algún precioso antro similar… y por suerte tuve razón. Para cada uno hay un pequeño mundo porno a la vuelta de la esquina, solo hay que salir de la cama y encontrarlo.